viernes, 1 de junio de 2012

Homo Domesticus

A menudo, para expresar nuestra sensación de falta de libertad recurrimos a ciertas metáforas: “Me siento como un pájaro enjaulado” o “Vivo en una cárcel” o “Soy un esclavo”. Estas parábolas aluden a una limitación física concreta: unos barrotes, unas cadenas. Pero, verdaderamente, nuestras restricciones no lo son tanto en el plano físico como en el inmaterial.

Como un animal doméstico, tenemos miedo a lo salvaje, miedo a asalvajarnos, miedo a ser uno con la naturaleza. Cimarrón no es un epíteto del color de piel de los antiguos esclavos de las América. Aunque siempre aparezca unida la combinación “negro cimarrón”, no son palabras indivisibles. Se emplea el adjetivo cimarrón para referirse a todo aquel ser (animal o persona-animal) que abandona su condición de doméstico, para pasar al estado salvaje. Curioso el lenguaje, ¿verdad? Sólo una precisión, aquellos negros eran salvajes, pero no en el sentido que nosotros le otorgamos, sino como sinónimo de libertad. Eran tan fieros, como libres: hasta que sucumbieron.

Como si se tratara de un triste buey, hemos perdido nuestra fiereza (bien entendida), claudicando bajo el yugo del trabajo, sin falta de ser unos eunucos (al menos no en sentido literal). Nuestra cualidad esencial es la mansedumbre. Debemos ser mansos, dóciles, para recibir órdenes de manera satisfactoria. Para ser unos buenos ciudadanos, hemos de obedecer  los designios de los poderosos: Vota a este partido, afíliate a este sindicato, come esa carne, compra esa ropa, conduce ese coche, endéudate, no pienses, calla, haz lo que te digan… Para ello nos educan en las escuelas, que, al caso, son como establos: te dividen por razones de edad en diferentes cubículos llamados “aulas”. Sus dimensiones físicas son tan pequeñas como sus motivaciones. Al terminar la primera etapa educativa, el niño aprende tres cosas fundamentales: a callar, a obedecer y a aburrirse. Más unidas entre sí de lo que se cree, preparan al joven prototipo para que pueda desarrollar las funciones propias de una bestia de carga. 


Como ganado, buscamos un refugio donde resguardarnos de las inclemencias del tiempo. Hemos encontrado nuestro propio redil. Cuatro paredes que más allá de sus propias limitaciones físicas, nos condenan a la esclavitud laboral. Pues debemos trabajar toda una vida para costeárnoslas. Al ser fruto de tan inmensa dedicación, sacrificamos nuestra vida externa para amortizar la carestía de nuestra vivienda, pasando la mayor parte del tiempo de ocio en ella. La televisión, el ordenador, la consola, la comida… ayudan a ello. Cuanto más tiempo pasemos en casa, más humanos seremos, pues la naturaleza nos embrutece, parece pensarse.


Al igual que el ganado lanar, nos sentimos cómodos en grupos mayoritarios, cuanto más grandes mejor. No importa que no nos conozcamos, no importa que no nos dirijamos la palabra, ni tan siquiera la mirada, lo importante es el gentío y como tal, cuanto más ruidoso mejor. La soledad nos aturde, pero la soledad en silencio nos mata. También, compartimos un rasgo característico de los rebaños: el temor hasta de la propia sombra. Vivimos en el tiempo del miedo, que diría Galeano.

El miedo global

* Los que trabajan tienen miedo de perder el trabajo.

* Los que no trabajan tienen miedo de no encontrar nunca trabajo.

* Quien no tiene miedo al hambre, tiene miedo a la comida.

* Los automovilistas tienen miedo de caminar y los peatones tienen miedo de ser atropellados.

* La democracia tiene miedo de recordar y el lenguaje miedo de decir.

* Los civiles tienen miedo a los militares, los militares tienen miedo a la falta de armas, las armas tienen miedo a la falta de guerras.

Es el tiempo del miedo

* Miedo de la mujer a la violencia del hombre y miedo del hombre a la mujer sin miedo.

* Miedo a los ladrones, miedo a la policía.

* Miedo a la puerta sin cerradura, al tiempo sin relojes, al niño sin televisión, miedo a la noche sin pastillas para dormir y miedo al día sin pastillas para despertar.

* Miedo a la multitud, miedo a la soledad, miedo a lo que fue y a lo que puede ser, miedo de morir, miedo de vivir…

El hambre desayuna miedo

El miedo al silencio aturde las calles. El miedo amenaza.
Si usted ama, tendrá sida.
Si fuma, tendrá cancer.
Si respira, tendrá contaminación.
Si bebe, tendrá accidentes.
Si come, tendrá colesterol.
Si habla, tendrá desempleo.
Si camina, tendrá violencia.
Si piensa, tendrá angustia.
Si duda, tendrá locura.
Si siente, tendrá soledad.



Si las reses domésticas son apreciadas por su trabajo y productividad, el hombre no iba a ser menos. Nuestro valor reside en la utilidad como mano de obra: como una res, como una mercancía, cuanto más barata mejor. El valor real es inversamente proporcional al valor monetario. Si un trabajador cobra una cuantiosa nómina no es interesante desde el punto de vista económico. Aquel que no aporta nada productivo al sistema, en el sentido económico, no merece vivir y si lo hace es por pura casualidad: lo que no es necesario, es un simple despojo. Si una vaca es infértil y no puede dar a luz, ni producir leche, es una carga molesta y costosa y, como tal, carne de cañón. Así sucede con el hombre, si bien no se aprieta el gatillo de forma directa, sí que se dispone todo lo necesario para que él mismo cave su propia tumba: drogas, hambruna, violencia, enfermedades… No se trata tanto de lo que se hace, como de lo que se deja de hacer.


Las vacas lecheras pastan para mantener su ritmo de productividad. Así, sucédele al hombre. Sólo tiene derecho a comer aquel que desempeña una labor. Los demás por inútiles son mirados y tratados con desdén. Son unos vagos, suele decirse. Y como tales deben ser apartados de la manada y condenados a una muerte efímera, pero no menos dolorosa. Quizás, si todos fuéramos vacas nadie pasaría hambre en el mundo, ¿o sí?
Casualmente, el útil siempre vive rodeado de fertilidad, aun siendo su hogar una gran urbe. En cambio, al superfluo le ocurre todo lo contrario: vive rodeado de terrenos baldíos. Con tan mala suerte, sólo merece morir. No es posible ninguna redención.